La increible historia de Eusebio Fernández
Publicado por DrBoiffard, el November 4th, 2003 in Relatos.
Eusebio Fernández era un ciudadano madrileño de unos cuarenta y tantos, machista, solterón, ludópata, alcohólico y drogadicto. Se dedicaba malamente a sobrevivir como vendedor de cuberterías y vajillas que conseguía a mitad de precio en los almacenes de TeleTienda. Vivia en algun barrio residencial de la capital, en algun edificio horripilante de esos que se construyeron en los 70 y cuyos arquitectos deberían responder ante un tribunal por crímenes contra el espacio urbano y contra el buen gusto. Aparte de lo desagradable de las formas de la construcción, las pintadas, mas bien cutres, de los chavales del barrio, y los restos de carteles electorales, que dejan entrever aun la asombrosa cara de inteligencia de Esperanza Aguirre, hacían del edificio de los lugares mas horrendos del globo terráqueo.
La familia de Eusebio consistía en un perro maloliente de raza desconocida, que alguna tía lejana con muy mala hostia le había regalado tiempo atrás. El perro era bastante viejo, y no era excesivamente listo. Tenía ya poco pelo y le faltaba media oreja. La había perdido en una pelea contra un caniche de esos tan cabrones que no paran de ladrar, en una mañana de sábado en la que su resacoso dueño no se encontraba en condiciones de pasearlo como es debido y lo dejó suelto mientras echaba la papilla en un banco del parque. El perro, no obstante era fiel y cariñoso con su dueño, quizá el unico ser vivo sobre la faz de la Tierra capaz de serlo.
El antro donde vivía Eusebio era un apartamento más bien pequeño, con una cocina, un salón comedor, un baño y un dormitorio. No hace falta decir que el alquiler se tragaba más de la mitad del sueldo de su inquilino. El olor a perro, mezclado con los distintos aromas de las latas de cerveza vacías, los restos (tanto fisicos como químicos) de una fabada asturiana y el hecho de que no hubiera calefacción y la casa no se ventilase desde hacía una quincena, definía una atmósfera olfativa más bien desagradable. El orden no era una de las inexistentes cualidades de Eusebio, lo cual se dejaba ver notablemente en la disposición de todo objeto que hubiera en la casa. Exceptuando en el mueble-bar, no había nada que estuviese en el lugar donde racional y funcionalmente le correspondería. La colección de variopintos y desagradables videos porno, entre las ollas y las sartenes. La camiseta del Real Madrid y la estúpida trompetilla, junto con el teléfono. Y así innumerables detalles que definían el hábitat de un machista borracho y solterón.
En estas codiciones se enconntraba la miserable vida de Eusebio cuando ocurrió. Estaba Eusebio con resaca la tarde del Sábado, tomandose la pimera copa, cuando encendió la tele. Primero estuvo tranquilamente viendo en un canal de pago una película de los ochenta, de esas que sale de pronto Sting como secundario y dices “anda coño, si es Sting”. Luego estuvo haciendo zapping un rato, lo cual le hizo ver como unos cuarenta o cincuenta anuncios. Tras cambiar por ultima vez de canal, en la que la horrible imagen de Jose Manuel Parada en su plató de Cine de Barrio se quedó grabada en su retina, decidio apagar la tele y dormitar un rato.
Estaba ya completamente dormido cuando un mensaje que llegó a su móvil le desperto. Todavía medio sobado, cogio el dichoso aparato y como bien pudo empezo a leer: “Vodafone Noticias:…”. No podía ser cierto. En un instante se espabiló por completo. Encendió la tele rápidamente para ver si realmente estaba sucediendo. Y así era. Aquella presentadora de telediario, con cuya imagen se acostumbraba a masturbar, noche tras noche, entre imagenes de marines descuartizados y políticos rebuznando, iba a ser la Reina de España. Aquella mujer, a quien elegía él para machacarsela de entre todas las princesas del porno que tenía en su interminable colección, aquella mujer, que quizá fuese la única persona de la que Eusebio se hubiera enamorado en su vida, aquella, iba a ser Reina. Y lo peor de todo, ya no iba a presentar nunca más el telediario. A Eusebio le entró un horrible ataque de celos. Rápidamente cogio su cartera, se preparo dos lonchas, se las metió, cogió un cuchillo y se fue a la calle con la intención de matar al Principe. Pero cuando llegó a la calle, entre el ataque de nervios, el alcohol y las dos rayas que se acababa de meter, Eusebio sufrio un ataque cardíaco, con tan mala suerte que cuando cayó al suelo se clavo el cuchillo en el estómago.
Y ese fue el momento de máxima popularidad en la vida de Eusebio. Allí tirado, en mitad de la calle, boca abajo, con un cuchillo atravesándole el estómago, desangrándose. Poco a poco se había llenado aquello de gente, y era la atracción del día. Las vecinas habían tardado muy poco en correr la voz y poner al dia a sus compañeras de marujeos, y allí estaban todas, hablando a la vez, unas histéricas perdidas, las otras poniendo a parir al moribundo Eusebio sin el más minimo pudor, delante de sus puñeteras narices. Algun niño se atrevía a acercarse al futuro fiambre, y tocarlo con un palo, y volvía orgulloso junto con sus amigos, si su madre no le cogía antes y se ponía a darle azotes chillando como un mono en celo. La verdad es que hacía tiempo que aquello no estaba tan animado, todos los vecinos en la calle hablando, chillando, comentando. Lo peor de todo es que una vez pasado el impacto de ver a Eusebio alli tirado, se ponían a hablar de otras cosas. Y entre futbol y cotilleos varios, se dejaba caer el tema de la boda del Príncipe. Y entonces Eusebio deseaba levantarse y cargarse a todos, pero sus ganas se frustaban con su corazon funcionando a trompicones y los intestinos a punto de salirsele si intentaba siquiera levantarse. Y así se quedo hasta que llegó el SAMUR. Si hubiese sido tan rápido como lo fueron las marujas en correr el rumor, la vida de Eusebio se hubiese salvado. Pero justo cuando llegó, Eusebio se murió.
Y el Príncipe se caso con la presentadora, y fueron felices y comieron perdices.


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