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Por el fondo de la colina se podían ver aún los últimos rayos de sol. Poco a poco el bosque se volvía más fresco y oscuro, y andar por allí como gilipollas con aquel fiambre empezaba cada vez más a tocarme los cojones. Puto trabajo de mierda. Odiaba hacer aquello.

Era una mañana de martes. Como todos los días, los kiosqueros madrugaban un poco menos que los estudiantes de primaria y un poco más que los repartidores de pan. El tráfico de la ciudad, desde arriba, parecía la circulación sanguínea de alguien con mucho colesterol vista al microscopio. La temperatura, como era habitual en aquellas horas de la mañana, permitía freír huevos y bacon en las chapas de los coches de color negro. Desde que, en algún lugar del Cielo, algún arcángel o algún querubín, puesto hasta las cejas, tocó los plomos del Sol, el Tiempo venía haciendo unas cuantas locuras.

Cuando Tsung-Pao nació, la luna estaba llena. Solo leves brumas que acariciaban los bordes de los edificios, que se perdían en el horizonte. La calle donde estaba el restaurante chino donde trabajaba su padre, que es donde la condenada eligió el momento para salir de su madre. estaba en un silencioso y oscuro barrio de la periferia de la gran ciudad. El restaurante tenía un gran cartel iluminado, que seguía funcionando por una batería gigante que los chinos se habían montado en el sótano para no pagar a la compañía electrica. Quizá fuese un pintoresco cuadro en vivo de lo poco bonito que quedaba en la ciudad despues del holocausto nuclear por aquella época. El destino quiso que, en aquel infierno, hubiese un momento tan especial para ver nacer a la pequeña Tsung-Pao. En la ruinosa ciudad, llena de silenciosas tumbas de 30 metros de alto, solo se veían luces de velas y lámparas de aceite. En todo el barrio, sólo la luz del restaurante mantenía vivo el recuerdo de otra época en la que, por lo menos en el hemisferio norte, el hombre vivía con cierta dignidad.

Eusebio Fernández era un ciudadano madrileño de unos cuarenta y tantos, machista, solterón, ludópata, alcohólico y drogadicto. Se dedicaba malamente a sobrevivir como vendedor de cuberterías y vajillas que conseguía a mitad de precio en los almacenes de TeleTienda. Vivia en algun barrio residencial de la capital, en algun edificio horripilante de esos que se construyeron en los 70 y cuyos arquitectos deberían responder ante un tribunal por crímenes contra el espacio urbano y contra el buen gusto. Aparte de lo desagradable de las formas de la construcción, las pintadas, mas bien cutres, de los chavales del barrio, y los restos de carteles electorales, que dejan entrever aun la asombrosa cara de inteligencia de Esperanza Aguirre, hacían del edificio de los lugares mas horrendos del globo terráqueo.

La Familia de las Cucharas vivía en un cajón. Era un cajón oscuro, sin luces, donde las tinieblas no permitían ver absolutamente nada. Claro que, en la familia de las cucharas no tenían ojos ninguno. Pero de vez en cuando un extraño ser del exterior abría el cajón, dejando pasar unos débiles rayos de luz producidos por una lámpara halógena.